Primera biografía de Hofmann en español:
Albert Hofmann - Vida y legado de un químico humanista

 
Alexander Shulgin, el último alquimista

 Biografía del más notable psiconauta y creador de drogas de nuestro tiempo
J. C. Ruiz Franco


Sasha y Ann Shulgin
 

Los libros de Shulgin, por fin en español (Web - Facebook)

Pihkal en español - Tihkal en español - Shulgin en Facebook
 

Biografía de una de las figuras más importantes de la historia de la farmacofilia; sin duda la más fructífera en cuanto a producción de sustancias y la más legendaria en la actualidad, después del fallecimiento de Albert Hofmann en 2008. Fue publicada por entregas en la revista Cannabis Magazine (http://www.cannabismagazine.es) y mantenemos la división en partes original.
 

Proyecto de traducción de PIHKAL y TIHKAL al español (Web - En Facebook) - PIHKAL en español - TIHKAL en español
 

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I

Alexander Shulgin, ese bioquímico y psicofarmacólogo que en las fotografías se nos muestra como una entrañable mezcla sinérgica a partes iguales de Einstein, el mago Merlín y el “Doc” de Regreso al Futuro, nació el 17 de junio de 1925 en Berkeley (California), de padre ruso y madre estadounidense, ambos profesores de ideas avanzadas para la Norteamérica de la gran crisis de 1929. En un ambiente liberal de clase media, rodeado de libros y de visitantes que entablaban largas y sesudas charlas con sus progenitores creció nuestro amigo.

El pequeño Sasha era un niño pacífico que odiaba las peleas y las discusiones y que se retiraba en cuanto surgía alguna situación conflictiva, sin importarle que le consideraran un cobarde. Fue un niño prodigio, su inteligencia era muy superior a la de los jóvenes de su edad; dominaba el ruso y el francés —aparte del inglés, su lengua materna—; tocaba el piano, la viola y el violín y escribía poesía. Él hacía todo lo posible por no destacar, sabedor de que así evitaría despertar resentimientos y envidias, y no tenía amigos íntimos de su edad, pero sí se relacionaba con personas mayores, de las cuales obtenía estímulos para su curiosidad intelectual.

Según ha comentado en diversas ocasiones, le gustaban mucho los sótanos, que no sólo utilizaba para esconderse cuando quería evitar algo, ya que en el de su casa montó su primer laboratorio de química con sólo siete años. Acudía en bicicleta a la droguería (así se llamaban los establecimientos que vendían todo tipo de productos químicos, es decir, drogas), donde compraba bicarbonato sódico, sulfato magnésico y otras sustancias necesarias para sus primeros experimentos que después fueron prohibidas. También durante sus años de adolescente, mientras cursaba la enseñanza secundaria, pasó totalmente desapercibido y sin demostrar su valía en público.

 

La psicofarmacología y el poder de la mente

Con dieciséis años consiguió aprobar el examen de acceso a la Universidad de Harvard. Allí inició sus estudios de química gracias a una beca que le concedieron, pero la experiencia fue un completo desastre porque sus compañeros eran hijos de personas importantes y adineradas, y en cambio su familia no era rica ni famosa. Después de ser ignorado e incluso despreciado durante un curso, decidió abandonar la carrera y enrolarse en la marina cuando los Estados Unidos ya se habían unido a los aliados en la Segunda Guerra Mundial. Le destinaron a un barco de guerra en la zona norte del Océano Atlántico, y aunque no resultó herido vio la muerte muy de cerca. No obstante, no todo fueron experiencias negativas, ya que le sucedió algo que le marcó para el resto de su vida al permitirle descubrir el mundo de la psicofarmacología y el poder de la mente. Shulgin sufrió una infección severa en el pulgar de la mano izquierda y le administraron inyecciones de morfina. Le fascinaba que una pequeña cantidad de sustancia química, gracias a su acción sobre el cerebro, convirtiera el dolor en algo sin importancia. Al llegar a tierra, antes de entrar en el quirófano, una enfermera le ofreció un vaso de zumo de naranja y el muy observador Sasha vio en el fondo una capa de pequeños cristales blancos no disueltos. Inmediatamente pensó que contenía algo que no querían que supiera, seguramente algún anestésico o sedante fuerte, pero a él no podrían engañarle. Decidió poner a prueba su hombría vaciando el contenido del vaso, con la firme intención de mantenerse despierto y alerta en todo momento. Su deseo no funcionó: sucumbió al efecto de la droga, quedó inconsciente y ni siquiera sintió la inyección de pentotal que le administraron para la operación. Le eliminaron la infección y un centímetro de dedo, pero lo mejor fue su sorpresa cuando se enteró de que el zumo que había bebido no contenía nada extraño y de que los cristalitos no disueltos eran sólo azúcar. Una pequeña cantidad de azúcar le había hecho perder la consciencia por estar convencido de que en realidad era una droga sedante. Le impresionó tanto el poder de un placebo para alterar su mente que en ese mismo instante decidió dedicar su vida a la psicofarmacología.

En 1946 se licenció de la marina en calidad de veterano y, después de dos intentos en el examen de acceso, logró entrar en la Universidad de Berkeley. Cuando aún estaba estudiando se casó con una compañera llamada Helen —a pesar de la oposición de los padres de los dos— con quien tuvo un hijo, de nombre Theo.

En 1954 se doctoró en bioquímica. Posteriormente amplió estudios en la sede de la Universidad de California en San Francisco y trabajó en los laboratorios Bio-Rad. Poco después ingresó en la compañía Dow Chemical, en sus laboratorios de Pittsburg y Walnut Creek. Al comienzo tuvo que limitarse a su trabajo como químico y no pudo dedicarse a lo que más le interesaba, pero consiguió sintetizar el primer insecticida biodegradable —llamado Zectran—, lo que supuso toda una revolución en el sector y enormes beneficios para la empresa.  La recompensa de Dow Chemical fue darle carta blanca para que investigara lo que quisiese, el mayor premio que puede recibir un químico.

 

Sus primeras investigaciones

En los inicios de su carrera mostró interés por la mescalina, sobre la cual había habido poco interés durante la década de los cuarenta, aunque anteriormente ya se habían escrito artículos sobre la llamada “psicosis de mescalina” y Kurt Beringer había publicado su prestigioso tratado en 1927. Al principio se limitó al trabajo técnico, sin probarla, porque siempre había algo que le impulsaba a no hacerlo. Leyó los libros de Huxley, Las puertas de la percepción y Cielo e infierno, que le parecieron un testimonio inmejorable, y en abril de 1960 tuvo su primera experiencia visionaria con 400 miligramos de sulfato de mescalina, su primer viaje psíquico, que le sirvió para confirmar el rumbo que iba a tomar su vida en el futuro.

En aquel tiempo los animales de laboratorio más comunes eran las arañas y los peces luchadores siameses. Junto con su compañero, Shulgin administró LSD a una gran cantidad de peces, pero no pudieron observar nada relevante relacionado con el efecto de la droga. Por eso decidió ensayar él mismo todas las sustancias, labor que ha realizado desde entonces y a la que después se uniría un grupo de amigos íntimos.

Gracias a la mescalina comprendió que todo el universo está contenido en nuestra mente, que la realidad en sí no existe o no podemos conocerla, y que el mundo en el que vivimos no es más que una construcción nuestra. Pronto llegó a una profunda conclusión: la droga sólo funciona como catalizador. Es nuestra psique la que genera las visiones alteradas o amplificadas, de la misma forma que construye el mundo de la vida cotidiana. Y surge otra inevitable cuestión: “¿Qué hay dentro de nosotros a lo cual no tenemos acceso?”. Si el objetivo del investigador es profundizar en la naturaleza humana para incrementar nuestro autoconocimiento, que a su vez es la base para comprender lo que nos rodea, entonces sobrepasa la barrera de lo puramente científico para alcanzar el terreno de lo meta-científico —lo filosófico— y puede ser considerado un alquimista en el mejor de los sentidos. Eso es Shulgin: un alquimista moderno que intenta ampliar los límites del conocimiento utilizando drogas psiquedélicas. Aquí llegamos a otro punto muy importante que debemos aclarar antes de seguir con su biografía: ¿qué son las drogas para nuestro venerable doctor?

 

Shulgin y las drogas

Para Shulgin, todas las drogas, legales o ilegales, ofrecen alguna clase de recompensa, presentan algún riesgo y puede abusarse de ellas. Los beneficios son numerosos: curar enfermedades, aliviar el dolor físico y psíquico, producir  relajación o embriaguez placentera. De todas las drogas existentes, algunas nos permiten bucear en nuestro interior, ejercer de psiconautas y expandir nuestros horizontes: las sustancias psiquedélicas. Los posibles riesgos son también numerosos: daños fisiológicos y psicológicos, dependencia y problemas legales. Todo adulto debe decidir si consumirá o no un tipo u otro de drogas, independientemente de que sea lícita —y se consiga con receta— o ilícita. Aquí es donde entra en juego la importancia de la información disponible, y el lema de Shulgin es: “Infórmate y después decide”.

Él mismo ha elegido utilizar las drogas que considera valiosas y que compensan los posibles riesgos que conllevan. Otras, en cambio, las ha tomado en menor medida o no han pasado a formar parte de su vida. Por ejemplo, bebe vino de forma moderada y nunca le ha generado problemas de salud. La heroína le proporcionaba un estado de tranquilidad beneficioso, pero notaba una falta de motivación, un estado de autocomplacencia que le llevaba a la inactividad. No dejó de tomarla por miedo a caer en la adicción, sino porque esa indiferencia generalizada no le parecía beneficiosa. Tanto la heroína como la cocaína ofrecen un breve respiro de lo que uno es y evitan el enfrentamiento con el propio yo. En cambio, las sustancias psiquedélicas nos permiten aprender porque no nos evaden de nuestros problemas, sino que nos incitan a afrontarlos y a superarlos. Por eso merece la pena correr los pequeños riesgos que entrañan, y por eso mismo decidió dedicar su vida a ellas.

Hay muchas cosas que no sabemos de nosotros mismos, mucha información inserta en nuestro interior —en nuestro cerebro—, desarrollada a partir de nuestro código genético. Se trata de un enorme tesoro de conocimientos, pero para acceder a ellos debemos dar con una puerta de entrada. Las drogas psiquedélicas son un atajo excelente para llegar a nuestro universo interior; tal vez no el único, pero sí uno de los que podemos utilizar si sabemos hacerlo correctamente. Por eso Shulgin afirma que estas sustancias son poderosas y valiosas herramientas cuyo uso correcto depende de cada persona. Pueden aportar intuiciones enormemente pedagógicas, y también una forma de entretenerse, sin llegar a mayores trascendencias. Todo depende del individuo, de su formación y de su objetivo: quien busque introspección y muestre la actitud correcta, la encontrará; quien no busca profundizar y quiere quedarse en el plano superficial, sólo encontrará diversión.

Una vez dicho esto, y abordando el tema del estatus legal de estas drogas, Shulgin dice que nuestra generación es la primera que se ha encontrado con que el deseo de alcanzar la sabiduría por medio de estas herramientas se ha convertido en delito, a pesar de que son consustanciales al hombre y de que desde el comienzo de los tiempos ha habido especialistas encargados de probar lo que la naturaleza ofrece de manera espontánea para evaluar sus propiedades y compartirlas con la colectividad. Es evidente que, por mucho que quieran prohibirse estas llaves que abren el compartimento más oculto de nuestra mente, nunca podrá acabarse por decreto con el anhelo personal de conocimiento, que es precisamente el objetivo que ha guiado la vida de Shulgin, la cual seguiremos narrando en la próxima entrega.

 

 

 

II

La utilidad de las drogas

A lo largo de la historia, el ser humano ha buscado e investigado plantas para modificar su conciencia y su cuerpo y beneficiarse con ello. Por eso en todas las culturas ha habido chamanes, curanderos, médicos y terapeutas que se han especializado en las disciplinas relacionadas con la curación del cuerpo y de la mente. Además, gracias a sus conocimientos entraban en estados alterados para potenciar la capacidad de influir en los demás, ya sea por encontrar de ese modo caminos insospechados estando sobrios, o bien por lograr una mejor comprensión de sus semejantes.

Esos conocimientos milenarios han permitido mitigar el dolor físico y el sufrimiento mental mediante el uso del opio, la datura y las solanáceas, que han sido los analgésicos más utilizados durante siglos. Esos conocimientos han permitido también encontrar fuentes de energía para poder realizar trabajos y esfuerzos muy exigentes, y por eso el té, la coca, el mate o la nuez de cola han sido los estimulantes de nuestros antepasados. También han hecho posible profundizar en la esencia del mundo exterior (nuestro entorno) y del mundo interior (nuestra mente) mediante el uso de peyote, psilocibes, ayahuasca y cannabis, sustancias psiquedélicas tan antiguas como la humanidad. A pesar de no haber existido prohibiciones relativas a su consumo hasta comienzos del siglo XX, no tenemos noticias de abusos en ninguno de estos tres tipos de fármacos. ¿Por qué entonces los gobernantes están tan obsesionados con prohibir esta última clase de sustancias y algunas de las pertenecientes a las dos primeras? Para Shulgin, dos de los factores principales son el paternalismo y lo que él llama “provincialismo”, que podríamos traducir al español más propiamente como “etnocentrismo”. Por el primero, los estados, a cambio de cuidarnos, protegernos y satisfacer nuestras necesidades, se arrogan el derecho a entrometerse en nuestra vida pública y privada. El etnocentrismo, por su parte, consiste en verlo todo desde las normas de vida y de conducta consideradas normales en una cultura determinada, en aceptar sólo lo tradicional y rechazar lo diferente, otras costumbres y formas de vida. Por ejemplo, para las sociedades cristianas el consumo de bebidas alcohólicas es algo natural y plenamente aceptado, mientras que el de cannabis no lo es; en cambio, para las musulmanas ha sido al contrario. Cada cultura tiene sus propios prejuicios; a esto se refiere Shulgin. La consecuencia evidente de lo que estamos diciendo es que por culpa de estos prejuicios —y bajo la amenaza de sanciones y penas de cárcel— nos perdemos sustancias curativas y energizantes muy eficaces; además, el uso de drogas psiquedélicas para aumentar nuestro conocimiento se ve coartado. A pesar de todas estas trabas, Shulgin decidió dedicar su vida a la investigación con psiquedélicos y siempre ha sido su paladín, un alquimista que se encierra en su laboratorio para sintetizar y probar innumerables fármacos antes de darlos a conocer al resto de la humanidad.

 

La mescalina

Los años 50, década en que comenzó la carrera profesional de Shulgin, fue la época dorada de los estudios con psiquedélicos. Artistas, intelectuales y escritores experimentaban con mescalina, y a finales del decenio también con LSD y psilocibina. Huxley publicaba Las puertas de la percepción y Cielo e Infierno. Estrellas de cine como Cary Grant se sometían a terapia con LSD para superar sus problemas y la creación de Albert Hofmann pronto se difundiría por todo el mundo como una medicina maravillosa. Shulgin se unió a esa tendencia y se impuso como objetivo conseguir el mayor número de sustancias posible, a fin de poder investigar toda la variedad que le podía ofrecer la química, su ciencia.

No obstante, antes de comenzar su titánica labor, quiso experimentar con la sustancia psiquedélica tradicional, la mescalina, la que había revelado a Huxley un nuevo mundo de ideas y sensaciones. Ya dijimos que el primer contacto de Shulgin con ella tuvo lugar en 1960. En el Pihkal recomienda una dosis de 200 a 400 miligramos, si es en forma de sulfato, y de 178 a 356 miligramos, si es en clorhidrato. Tradicionalmente se la ha considerado activa a 3,75 miligramos por kilogramo de peso corporal. Shulgin también ofrece una breve introducción diciéndonos que el principal componente activo del peyote es uno de los psiquedélicos más antiguos, y nos da algunos detalles de su uso por parte de los indios norteamericanos. La mescalina se ha utilizado como el punto de referencia para las demás drogas de este tipo, que se miden en “unidades de mescalina” (M.U. = “mescaline units”) o indicando que tienen X veces su potencia. Esto, que para los biólogos de tendencia más conductista era todo un adelanto porque ya disponían de una fórmula numérica para expresar sus propiedades psíquicas, para Shulgin no es gran cosa porque no sirve para representar sus propiedades reales, su naturaleza intrínseca y sus efectos “mágicos”. Por esa razón se detiene en ella más que en otras sustancias, para comentar sus efectos psicoactivos a distintas dosis.

En la entrada número 96 del Libro II del Pihkal, después de describir la fórmula y el procedimiento de síntesis, Shulgin describe sus ensayos con 300, 350 y 400 miligramos de mescalina. Con 300 miligramos notó bastante energía, pero también inquietud y como si estuviera cerca de experimentar algo trascendente, pero sin llegar a alcanzarlo. Se dio cuenta de la importancia de la meditación para el ser humano; sabía que podía llegar a conocer lo divino, pero no parecía el momento oportuno. Escuchando el Requiem de Mozart tuvo una bella experiencia estética, pero nada más. Pudo reflexionar sobre problemas como la energía nuclear y el hambre en el mundo, gracias al estado empático proporcionado por la sustancia. La conclusión fue que aprendió bastante sobre sí mismo.

Con 400 miligramos las percepciones se alteraron notablemente, las caras de las personas parecían caricaturas, al ver el tráfico de las calles creía que los coches se perseguían entre ellos. El cambio más fuerte fue en los colores, captaba todos los matices y las más leves diferencias eran percibidas como un fuerte contraste. También notaba una gran empatía por todas las cosas pequeñas, las que parecen más insignificantes en nuestra vida cotidiana, y se sentía incapaz de dañarlas, ni siquiera de arrancar una flor o pisar una piedra.

En otro ensayo con 400 miligramos, todo su entorno se transformó y los objetos brillaban. Sentirse vivo dentro de su cuerpo le hizo feliz. Su gata se convirtió en una diosa que se desnudaba y bailaba. Poco después desaparecía y sólo quedaba la danza sin ningún animal que bailara, el concepto puro.

El Pihkal también incluye el ensayo con 350 miligramos de mescalina por parte de Ann Shulgin, cuya experiencia tuvo un carácter menos filosófico y más estético que los de su marido. Estando bajo los efectos de la mescalina salió a la calle, donde notó una intensificación de los colores y un cambio en las formas y las texturas. Le divertía ver a la gente normal haciendo sus tareas habituales.

 

Otras drogas

Además de sus experiencias químicas y personales con la mescalina, a comienzos de los sesenta Shulgin ensayó con la TMA, sintetizada a finales de los cuarenta. Esta droga no le satisfizo en lo relativo a sus efectos y no volvió a investigarla, pero mediante un sutil cambio en su estructura obtuvo la MMDA (3-metoxy-4,5-metilenedioxiamfetamina), con interesantes propiedades psiquedélicas.

Entre 1963 y 1964, mediante modificaciones de la molécula de TMA, sintetizó el compuesto llamado DOM. Ensayó con dosis de entre 2 y 4 miligramos y comprobó sus excelentes propiedades psiquedélicas, experimentadas por él y su círculo de amigos. Lamentablemente, en 1967 apareció la sustancia en la calle, donde se distribuía en dosis de hasta 20 miligramos. Shulgin había oído rumores sobre una sustancia que llamaban STP (“Serenidad, Tranquilidad, Paz”) y se preguntó de qué se trataría. La analizó y vio que en realidad era DOM, que posiblemente alguien había conocido por algún seminario impartido algún tiempo atrás, o tal vez habían leído la patente y la habían sintetizado sin que Shulgin tuviera noticia. Algún tiempo después se supo que el químico neoyorquino Nick Sand había sido el responsable.

Miles de personas que tomaron DOM en el apogeo de la época hippie acabaron ingresadas en hospitales debido a los delirios producidos por la droga, y un usuario se clavó una espada en el vientre estando bajo sus efectos. La sustancia aún no había sido identificada por las autoridades, pero pronto lo consiguieron y supieron el nombre del creador. Era el momento en que el gobierno estadounidense estaba a punto de prohibir la LSD y la psilocibina, cuando muchos investigadores dejaron de trabajar con psiquedélicos. Por ello, no es de extrañar que el DOM se convirtiera en el “hijo problemático” de Shulgin, igual que la LSD lo fue de Albert Hofmann. Sin embargo, Shulgin aseguró que nunca abandonaría el camino que había tomado.

 

Químico por cuenta propia

Shulgin trabajó en Dow Chemicals durante diez años, pero a mediados de los sesenta las relaciones con la empresa fueron empeorando progresivamente. Seguía produciendo patentes, pero se trataba de sustancias no comercializables porque eran de carácter psicoactivo, que por supuesto no formaban parte del objetivo de la compañía, dedicada a fabricar insecticidas y herbicidas. Dice Shulgin en el Pihkal que la actitud de la empresa hacia él fue pasando del estímulo a la tolerancia, que después se convirtió en desaprobación y más tarde en prohibición total. Siguió publicando en revistas científicas como Nature y Journal of Organic Chemistry artículos sobre los psiquedélicos que creaba, pero llegó el día en que Dow Chemicals le pidió que no utilizara su nombre en lo que escribía. Empezó a poner su dirección en los artículos, con lo que dejaba implícito que la investigación la llevaba a cabo en casa, así que a finales de 1966 le pareció una buena idea montar allí un laboratorio, dejar su puesto en la empresa y trabajar por cuenta propia. También decidió dedicar unos años a estudiar medicina, a fin de conocer mejor los mecanismos del funcionamiento de las drogas en el cerebro. Asimismo, pasó unos meses trabajando para un proyecto de investigación del que nunca llegó a conocer el propósito. No obstante, todo parecía indicar que se trataba de experimentos químicos para el ejército, así que lo abandonó.

En 1967 asistió a la conferencia sobre etnofarmacología celebrada en la Escuela Médica de San Francisco, titulada “Búsqueda etnofarmacológica de drogas psicoactivas”, en la que también participaron Andrew Weil, Gordon Wasson y Richard Evans Schultes. En un período de descanso un joven químico le presentó a una de sus estudiantes, quien a su vez le habló sobre un experimento con dos amigos en el que habían tomado 100 miligramos de cierto derivado de la MDA y que había sido una experiencia bastante emocional, rozando lo extraordinario. No era la primera vez que Shulgin oía hablar de esa sustancia aún poco conocida que había sido creada a comienzos de siglo, ya que en realidad la había sintetizado en 1965 sin haberla probado. El lector ya puede imaginar a qué sustancia nos referimos… pero eso será materia de nuestra próxima entrega.

 

  

III

Dijimos en la entrega anterior que Shulgin abandonó su puesto en Dow Chemical el año 1966 para establecerse por su cuenta como químico investigador. Aunque en los inicios de su carrera utilizó —como es habitual— animales de laboratorio para probar las sustancias, ya desde el comienzo de su labor en solitario decidió ensayar los compuestos en sí mismo, comprobar los efectos físicos en su cuerpo y atender introspectivamente a cualquier posible modificación mental. Siempre empezaba administrándose una dosis prudente, y si esa primera cantidad no surtía efecto la iba incrementando progresivamente hasta lograr una descripción de las acciones del compuesto a distintos niveles. De este modo, desarrolló un procedimiento de asignación de símbolos para describir la intensidad de las experiencias —muy conocido por los psiconautas—  utilizando los signos “+” y “-”.

 

Cómo clasifica Shulgin las sustancias según su intensidad

Nivel –. Cuando Shulgin asigna un “-” a una droga es porque no produce efecto de ningún tipo. Las sensaciones físicas y mentales del sujeto son las mismas que antes de ingerir la droga.

Nivel ±. Cuando otorga este signo es porque se detecta cierta modificación respecto al estado normal, pero no se sabe con seguridad si se debe a la sustancia o no. Bien pudiera tratarse de la imaginación del sujeto o del efecto placebo.

Nivel +. Existe un efecto real y se puede medir su duración, pero no se puede decir nada sobre el carácter de la experiencia. Pueden aparecer ciertos signos físicos como náuseas, vómitos, mareos, inquietud, pero desaparecen en el transcurso de la primera hora.

Nivel ++. Hay un efecto innegable producido por la droga y se puede evaluar su duración y su naturaleza, aunque las facultades cognitivas se conservan intactas. Cuando se alcanza este nivel, Shulgin intenta clasificar la sustancia y se la ofrece a su mujer, Ann, para que ella también la valore.

Nivel +++. Es la intensidad máxima posible de una sustancia. En este nivel se puede describir el patrón cronológico de su acción: los primeros síntomas, la fase de transición, la meseta y la bajada. Las facultades cognitivas se alteran considerablemente. Después de dársela a probar a Ann, comparten la experiencia con lo que Shulgin llama su “grupo de investigación”, compuesto por unos siete amigos íntimos al principio de su carrera y por once en los últimos años, ninguno de los cuales ha sufrido nunca daño físico o mental, aunque sí momentos pasajeros de malestar. De este modo ha evaluado más de cien sustancias psicoactivas, algunas de las cuales han demostrado tener gran valor terapéutico.

Nivel ++++. Es una categoría especial, en el sentido de que no consiste en una acción más potente que la del nivel anterior, sino que se trata de una “experiencia cumbre” —en términos de Maslow— de carácter cualitativo, no cuantitativo: una experiencia mística inolvidable y que conlleva algún tipo de cambio vital en el sujeto.

 

La historia de la MDMA

Ya mencionamos que Shulgin sintetizó MDMA por primera vez en 1965, y que en 1967 el comentario de una estudiante renovó su interés por ella. Esta sustancia se produjo por primera vez en 1912, en los laboratorios de la compañía farmacéutica Merck. El objetivo no era conseguir un anorexígeno —un supresor del apetito—, como puede leerse en algunos sitios. Una posible explicación de la incorrecta asociación de la MDMA con los anorexígenos —dejando a un lado el típico sensacionalismo de la prensa amarilla, siempre interesada en asociar las sustancias psicoactivas con cosas negativas— es que la MDA, un análogo suyo, fue estudiada como potencial antidepresivo y supresor del apetito entre 1949 y 1957. El verdadero propósito de Merck era sintetizar sustancias hemostáticas (coagulantes de la sangre) similares a la hidrastinina, cuya patente ostentaba una empresa competidora. Los doctores Walter Beckh y Otto Wolfes pensaron que la metilhidrastinina, un análogo metilado, sería igual de efectiva, y encargaron la tarea al doctor Anton Köllisch. El nuevo fármaco demostró su eficacia, fue ensayado en humanos y se patentó el 24 de diciembre de 1912. La especificación de la patente describía con ejemplos las reacciones químicas del proceso de producción a partir de distintos compuestos básicos. En uno de esos ejemplos se mencionaba la fórmula de la MDMA (sin designarla de ningún modo) como uno de los numerosos productos intermedios obtenidos, citando alguna de sus propiedades químicas y su síntesis mediante la adición de ácido hidrobrómico al safrol. Posteriormente, en el informe anual de la compañía aparecía con el nombre de “metilsafrilamina”.

Todas esas reacciones intermedias se incluyeron en la patente de la compañía Merck, y la MDMA no se volvió a mencionar durante quince años. En 1927 la compañía mostró su interés por sustancias similares a la adrenalina y la efetonina, y el doctor Max Oberlin realizó los primeros tests farmacológicos con la MDMA, observó el parecido entre su estructura y la de las dos sustancias mencionadas y la llamó “safrilmetilamina”. Nada más se hizo en aquella época con esta droga tan popular en nuestros días. Veinticinco años después, en 1952, el doctor Albert van Schoor consultó los archivos antiguos de la compañía y efectuó con la metilsafrilamina un ensayo toxicológico sin mayor trascendencia. Durante los años 1953 y 1954, en el contexto de los experimentos que realizaron la CIA y las fuerzas armadas estadounidenses con distintas drogas con el objetivo de obtener una sustancia útil en el interrogatorio de espías enemigos y como posible arma química, Hardman y colaboradores estudiaron los efectos tóxicos en animales de la MDMA, a la que se dio el nombre codificado de “EA 1475”. En 1959, el doctor Wolfgang Fruhstorfer ensayó con nuestra sustancia en su intento de obtener nuevos estimulantes. En 1960, dos químicos polacos, Biniecki y Krajewski, publicaron un artículo que describía su síntesis como producto intermedio.

 

El redescubrimiento de la MDMA por Shulgin

En 1965 Shulgin pasa a formar parte de la historia de esta droga (o tal vez sea al contrario, la MDMA entra en la biografía de nuestro ilustre químico). El caso es que ese año la sintetizó por su cuenta sin tener noticias de que nadie la hubiera probado en sí mismo. En 1967 es cuando el comentario de una estudiante reforzó su interés, pero durante varios años se limitó a ensayar con ella en privado, y sólo posteriormente la administró a otras personas y recopiló comentarios sobre sus efectos.

A pesar de no haberse publicado nada sobre sus propiedades, en 1970 se detectó la droga en Illinois y Chicago, y en 1972 se habló sobre ese consumo callejero en ciertos informes. Cuenta Shulgin en el Pihkal que, en aquellos primeros tiempos de la MDMA, un estudiante que tenía problemas de habla mostró un gran interés por ella y un tiempo después resolvió esas dificultades casi por completo gracias a sus beneficios. Fruto de sus experimentos, en 1976 ofreció una conferencia (“La psicofarmacología de los alucinógenos”) y en 1978 publicó un artículo en colaboración con David Nichols (“Caracterización de tres nuevos psicotomiméticos”), donde describió sucintamente las alteraciones emocionales y sensitivas que producía, y la comparaba con la marihuana, con una psilocibina desprovista de propiedades psiquedélicas y con dosis bajas de MDA.

En agosto de 1985 ofreció una presentación oral ante la Asociación de Toxicólogos de California, titulada “¿Qué es la MDMA?”, que luego publicó en forma de artículo. En ella afirmaba que es una sustancia psiquedélica, pero en un sentido distinto a como lo son la mescalina y la LSD, ya que no produce alteraciones visuales ni pérdida de control; en realidad es única en lo que respecta a su acción. También aseguraba que proporciona un breve período de apertura psíquica y ausencia de miedos que permite establecer un contacto especial entre el paciente y el psicoterapeuta: elimina todas las neurosis, hay una abrumadora sensación de paz y el individuo se siente a gusto con el mundo y con lo que le rodea. Bajo sus efectos, es difícil que alguien quiera cerrarse en sí mismo o ponerse a la defensiva.

En el Pihkal, después de describir el proceso de síntesis, narra algunas de sus experiencias. Antes de tomarla por primera vez le intrigaba que cada vez que preguntaba a alguien “¿Cómo es?”, la respuesta fuera “No lo sé”. Si preguntaba “¿Qué ocurre?” la respuesta era “Nada”. Al rato de ingerir sus primeros 100 miligramos entendió esas respuestas. Tampoco le ocurrió nada, pero es evidente que algo cambiaba. Antes de que se abriera completamente la “ventana”, tuvo algunos efectos somáticos, como por ejemplo sensación de hormigueo en los dedos y en las sienes. Poco después notó un ligero mareo, como cuando uno se excede con el alcohol. Todos esos síntomas desaparecieron en cuanto salió a dar un paseo. Su humor podía describirse como feliz, pero con la convicción de que algo importante iba a ocurrir. Notó cierta alteración en la percepción de la distancia y la perspectiva. Su visión, habitualmente mala, se agudizó. Contempló detalles de objetos lejanos que normalmente no podía ver. Después de pasar el período de máximos efectos, entró en un estado de relajación. Se daba cuenta de que podía hablar sobre asuntos íntimos con especial claridad, con un discurso excelente y un gran poder analítico.

En otra ocasión ingirió 120 miligramos y se sintió completamente limpio en su interior, con nada más que pura euforia, hasta el extremo de pensar que nunca había estado mejor. Ese estado se prolongó durante todo el día, e incluso el día siguiente. Además de estos ensayos personales, en el Pihkal añade comentarios sobre la práctica habitual, en los primeros años de su uso psicoterapéutico, de ingerir una dosis menor adicional cuando ya ha transcurrido hora y media de la experiencia, lo cual permite prolongar los efectos una hora más. Esto es algo que todos los psiconautas conocen a la perfección y que se conoce como “refuerzo”.

Los estudios sobre la tolerancia demostraron que, tras cinco días de consumo diario (120 miligramos el primer día y 160 miligramos los siguientes), no se obtenía ningún efecto excepto midriasis (dilatación de las pupilas). Seis días sin consumir MDMA ni ninguna otra droga similar permitieron revertir la tolerancia y volver a obtener los efectos originales. Lamentablemente, añade Shulgin, la inclusión de esta sustancia en la categoría I de la lista de drogas prohibidas imposibilitó realizar más estudios.

En un plano más personal y menos científico, podemos decir algo sobre la historia que cuenta Ann en el Pihkal. Cuando aún no era la señora Shulgin visitó a Sasha, quien le narró la historia de la droga y los maravillosos efectos que parecía producir en muchas personas, algunas de las cuales lograron cambiar su vida. También le relató la posibilidad de sufrir experiencias negativas, especialmente cuando alguien no deseaba tomarla. Decidieron tomar MDMA juntos, y la experiencia fue para los dos muy reveladora, especialmente para Ann.

En la próxima entrega seguiremos describiendo las aplicaciones terapéuticas de la MDMA. Como podrá notar el lector, hemos evitado deliberadamente el término “éxtasis”. Esto se debe a que nos repugna el amarillismo mediático tan propenso a las etiquetas sensacionalistas, pero también a que Shulgin, su padrino (pero no el padre, ya que no fue su creador) habría preferido que su apodo hubiera sido “empatía”.

 

 

 

IV

Shulgin pensó que la MDMA podía ser útil en el ámbito de la psicoterapia, y por ello informó sobre sus propiedades a sus colegas y a varios psicólogos. Uno de ellos —a quien Myron Storaloff llama “Jacob” en su libro The Secret Chief— quedó tan impresionado con sus efectos que salió del retiro en que se encontraba y se dedicó a presentarla a otros terapeutas, lo cual permitió su difusión a finales de los setenta y comienzos de los ochenta, procurando siempre que pasara desapercibida para las autoridades y los medios de comunicación de masas. Ann Shulgin calcula que unos cuatro mil terapeutas aprendieron a utilizar la MDMA bajo los auspicios de Jacob.

Totalmente convencidos de sus bondades y con el objetivo de lograr una mayor expansión, en marzo de 1985 el grupo de doctores y terapeutas formado por Deborah Harlow, Rick Doblin y Alise Agar —por medio de la organización Earth Metabolic Design Laboratories— patrocinaron un encuentro en el Instituto Esalen, en Big Sur, California, al que invitaron a numerosos psicólogos y psiquiatras. Decidieron llamar “Adán” a la sustancia para relacionarla con la condición de inocencia primigenia y la unidad de toda la vida que describe el relato del Génesis de la Biblia.

Recordando lo que había sucedido con la LSD —que había sido una herramienta médica muy útil durante las décadas de los cincuenta y los sesenta, pero que se había prohibido en pleno apogeo del movimiento hippie—, los entusiastas de la MDMA decidieron no hacer demasiado ruido y no permitir que la prensa difundiera datos, por lo que fuera de este círculo se supo muy poco hasta que el San Francisco Chronicle publicó el artículo “The yuppie psychedelic” (“La sustancia psiquedélica del yuppie”) en junio de 1984.

 

La MDMA llega al público (y a las autoridades)

A comienzos de los ochenta, un grupo de empresarios de Texas comenzó a producir y distribuir MDMA en pequeñas botellas de color marrón, con el nombre comercial de “Sassyfras”, haciendo mención al safrol, su precursor químico. Al no estar prohibida, la gente podía llamar a un número gratuito y encargar cierta cantidad pagando con su tarjeta de crédito. También podía adquirirse en algunos clubes nocturnos de Texas. Los usuarios de carácter lúdico adoptaron la denominación de “éxtasis”, creada principalmente por razones de márketing por un vendedor —que ha querido permanecer en el anonimato—que le pareció más comercial que “empatía”, el término que hubiera preferido Shulgin. Éste habría sido más apropiado, sin duda, pero —añadía— ¿cuántas personas saben lo que significa?

Estas actividades comerciales y el artículo citado atrajeron la atención del senador demócrata por Texas, Lloyd Bentsen, quien animó a la DEA (Drug Enforcement Administration, el cuerpo policial estadounidense encargado de controlar todo lo referente a las drogas) a que investigara el asunto y tomara medidas. Así, durante el verano de 1984, la DEA manifestó su intención de incluir la MDMA en la Lista I de las sustancias controladas, la de las drogas prohibidas sin uso médico reconocido y que no pueden ser prescritas por un médico. En respuesta a la propuesta, un grupo de psiquiatras, psicoterapeutas e investigadores remitieron una carta a su director solicitando que el caso se decidiera en los tribunales. Sin embargo, el 31 de mayo de 1985 la DEA anunció que no esperaría a que finalizaran las audiencias, ya que sus datos más recientes indicaban que se estaba abusando de la droga en veintiocho estados. Mediante un procedimiento de emergencia, incluyó la MDMA entre las sustancias controladas alegando una ley que permitía hacerlo durante un año sin necesidad de decisión judicial, siempre que hubiera motivos suficientes relacionados con la salud pública. La MDMA es la única droga que se ha prohibido de esta forma, y la decisión entró en vigor el 1 de julio de 1985.

Después de las alegaciones ante los tribunales, y a pesar del juego sucio de la DEA, el juez Francis Young sugirió su inclusión en la Lista III, lo cual permitiría las aplicaciones clínicas, las investigaciones y su prescripción por parte de los médicos. Sin embargo, la recomendación fue ignorada y, tras varios procesos legales y diversas triquiñuelas por parte del cuerpo policial, el 23 de marzo de 1988 fue incluida definitivamente en la Lista I. En cuanto a la prensa, al principio actuó de modo imparcial, pero pronto la asoció con el MPTP, una droga que causa Parkinson, lo cual repercutió negativamente en la opinión pública y causó alarmismo, que era precisamente lo que buscaban las autoridades. De forma simultánea a estos acontecimientos, y debido a la gran cobertura mediática, la sustancia se difundió a partir de los años 1985 y 1986 en el ámbito de las fiestas y la música acid house —las famosas raves—, especialmente en Ibiza, de larga tradición psiconáutica desde que llegaran los primeros hippies a finales de los sesenta. Esta moda se copió después en Inglaterra y Estados Unidos. A comienzos de los noventa, el consumo de MDMA creció enormemente y el fenómeno de las raves se extendió por casi todo el mundo civilizado. Las fuentes de suministro eran diversos laboratorios clandestinos y antiguas compañías farmacéuticas de Europa del Este que cambiaron sus productos después de la caída del bloque soviético.

 

Las contribuciones de los “científicos”

A la política represiva se añadió pronto el intento de mentalizar a la juventud para que se mantuviera apartada de las llamadas “drogas de diseño”, mediante las campañas antidroga que todos conocemos. La comunidad científica no se mantuvo ajena al asunto: los defensores del libre uso de sustancias siguieron defendiendo la responsabilidad individual y la información; en el lado contrario, los que tenían menos escrúpulos y más ansia de dinero y poder se alinearon con el bando que más podía pagar. En efecto, la drogabusología supo beneficiarse del empeño de los estados por controlar el uso de MDMA, y el caso más sangrante fue la investigación de George Ricaurte —profesor de la Universidad Johns Hopkins— publicada en la prestigiosa revista Science, según la cual el consumo de esta sustancia causa una grave depleción dopaminérgica y puede producir graves trastornos neuropsiquiátricos, el Parkinson entre ellos. Ricaurte llegó a esta conclusión extrapolando a humanos unos experimentos en los que administraba dosis enormes (una inyección de 2 miligramos por cada kilogramo de peso corporal, cada tres horas) a sus animales de laboratorio. Como era de esperar, los políticos prohibicionistas y la prensa sensacionalista sacaron el máximo jugo del informe, los primeros para reforzar sus tesis represoras y los segundos para vender titulares y crear alarmismo injustificado. Después de una larga polémica de un año de duración en la que Ricaurte mantuvo su postura a ultranza, no le quedó más remedio que reconocer su error, que consistía no sólo en haber administrado dosis masivas, sino en algo aún peor: no había utilizado MDMA, sino d-metanfetamina. Sin embargo, como es también habitual, los políticos y los periodistas no dieron a esta retractación la publicidad que habían ofrecido a los supuestos peligros de la sustancia.

 

Las aplicaciones terapéuticas del éxtasis

Lo cierto es que la MDMA —como el cannabis, como cualquier otra sustancia psicoactiva y como todas las cosas que tenemos a nuestra disposición en el mundo que nos rodea— puede utilizarse de forma adecuada o inadecuada, para obtener beneficios o, por el contrario, para crearnos problemas vitales. Nuestro propósito no es describir su empleo lúdico y los potenciales riesgos, por lo que recomendamos al lector que consulte las tres primeras obras de la bibliografía que ofrecemos al final de este artículo.

Afortunadamente, en nuestro país contamos con científicos independientes y con entidades como Energy Control o Ai Laket!, que tienen entre sus miembros médicos e investigadores comprometidos con la labor de informar objetivamente sobre todos los aspectos relacionados con las drogas y reducir los posibles daños a la salud. En lo relativo a los beneficios de la MDMA, el psicólogo José Carlos Bouso, compañero de esta revista, investigó su utilidad en mujeres con trastorno de estrés post-traumático por abusos sexuales y logró excelentes resultados. Ciertamente, las víctimas de secuestros, asaltos, abusos, torturas y guerras pueden identificar la causa del problema y superarlo con mucha menos ansiedad, ya que destapar los recuerdos reprimidos y hablar sobre ellos de manera abierta y calmada —con ayuda de sustancias como la que nos ocupa— es el primer paso hacia la mejora. Por desgracia, poco después de aparecer un reportaje en la revista Interviú, la Consejería de Sanidad de la Comunidad de Madrid le negó el permiso para seguir utilizando el hospital donde realizaba el estudio.

La doctora y profesora Judie Holland asegura que la MDMA es una medicación sin igual, distinta a todas las utilizadas en psiquiatría. En psicoterapia se han utilizado otras sustancias psicoactivas —por ejemplo, la LSD o la psilocibina—, pero la MDMA es más fácil de manejar por su breve duración y sus alteraciones menos marcadas.

Es un antidepresivo de gran potencia y acción inmediata, mientras que la mayoría de estos fármacos tardan semanas o meses en hacer efecto, y no hay nada en todo el arsenal médico que permita sentir felicidad y relajación en sólo una hora. Por eso puede utilizarse para acabar inmediatamente con la depresión, las ideas de suicidio, la desesperanza y el aislamiento. Es también un ansiolítico no sedante: los ansiolíticos de acción inmediata —como por ejemplo las benzodiacepinas— causan somnolencia y trastornos de memoria, pero la MDMA no tiene estos efectos secundarios. Es útil para los trastornos mentales porque enseña al paciente a sentirse relajado y a liberarse de las defensas propias de la neurosis. Bajo su influencia es posible identificar y entender mejor los estímulos que causan reacciones de ansiedad, y algunas fobias pueden eliminarse en una sola sesión.

La MDMA puede emplearse en el tratamiento de los trastornos de la conducta alimentaria, para ayudar a tener una visión menos distorsionada del propio cuerpo y desarrollar sentimientos de autoaceptación más fuertes.

Es también útil como ayuda paliativa para los moribundos, a fin de reducir su sufrimiento. En este sentido, es un analgésico muy efectivo, con un mecanismo de acción complemente distinto a los opiáceos, que también sirve para superar el miedo a morir y para aceptar el inevitable desenlace.

Como ha podido ver el lector, hemos resumido las propiedades terapéuticas de la sustancia que Shulgin sacó a la luz. Aunque no fue su descubridor, le dio el impulso que necesitaba para que fuera conocida por la comunidad científica y el gran público.

 

 

V

Shulgin siguió con su labor y realizando sus ensayos de la forma que ya hemos descrito. Después de retocar un átomo aquí y allá en sus queridas moléculas, cuando creía encontrar algo de interés desde el punto de vista psicoactivo, se lo daba a probar a su mujer, Ann. Si ésta también consideraba interesante el compuesto, reunían a su “grupo de investigación” personal y tomaban la droga colectivamente. Este procedimiento, que le categoriza como un verdadero alquimista de la psiconáutica, ha sido criticado por los defensores a ultranza de los estudios-aleatorizados-controlados-doble-ciego-con-grupo-placebo debido a su implicación personal, que —según los adalides de lo políticamente correcto en ciencia— impide contar con la objetividad y rigor necesarios.

Lo cierto es que, teniendo en cuenta las restricciones que siempre ha habido en este ámbito, los Shulgin lo hicieron lo mejor que pudieron. Seguramente habrían hecho experimentos controlados si les hubiera sido posible, y sin duda los psiconautas de todo el mundo se habrían beneficiado si las sustancias psicoactivas estuviesen totalmente probadas y sus efectos descritos por completo. Sin embargo, ya sabemos que esto no es posible por culpa de la prohibición y las limitaciones impuestas al estudio de todo lo que se salga de los cauces legales, marcados por las autoridades y dictados por los intereses de las multinacionales farmacéuticas y otros sectores.

A pesar del duro golpe que supuso la inclusión de la MDMA en la lista de sustancias controladas, siguió colaborando con organismos oficiales. En concreto, su relación con la DEA (Drug Enforcement Administration) fue muy buena gracias a su amistad con Bob Sager, director de los laboratorios de la agencia en el oeste del país. Impartió seminarios de farmacología a los agentes, sintetizó muestras para los equipos forenses, y en 1988 publicó un libro de referencia sobre la aplicación de las leyes a las sustancias controladas, Controlled Substances: A Chemical and Legal Guide to the Federal Drug Laws. Sus vínculos con la DEA eran tan estrechos que Sager ofició como ministro de la Iglesia de la Vida Universal en la boda de Sasha y Ann Shulgin, en julio de 1981.

Para poder trabajar libremente, obtuvo una licencia especial de la misma DEA que le permitía poseer y sintetizar cualquier droga. Durante estos años elaboró la mayor parte de las 179 sustancias que describe en la parte técnica de PIHKAL, muchas de las cuales son de su propia invención. Sin embargo, su creciente dedicación a esta rama de la bioquímica, considerada contracultural y subversiva desde que en los sesenta se ilegalizara la LSD y se aprobaran los tratados internacionales para el control de drogas, hizo que le resultara cada vez más difícil publicar sus trabajos. Por esta razón los reunió en la obra que hemos citado. Shulgin describe en este libro la estructura química, procedimiento de síntesis, dosis y efectos de sustancias como la MDMA, MDA, 2C-B, 2C-I… La parte narrativa cuenta hechos biográficos reales, pero cambiaron los nombres propios para evitar problemas legales, principalmente los relacionados con el reparto de drogas a su grupo de investigación.

El libro, acrónimo de “Phenethylamines I Have Known And Loved” (“Fenetilaminas que he conocido y amado”), se publicó en 1991, en una editorial creada para tal fin, Transform Press, y ha vendido hasta el momento alrededor de 50.000 ejemplares. Dos años después de la publicación, y a pesar sus estrechos vínculos con altos cargos de la DEA, la agencia obtuvo una orden para registrar a fondo su laboratorio, tras lo cual se le impuso una multa de 25.000 dólares y se le solicitó que devolviera su licencia, aunque en años anteriores había pasado dos inspecciones y nunca había tenido problemas. Según parece, algunas personas influyentes de Washington pensaron que PIHKAL enseñaba a sintetizar drogas ilegales, después de que sus agentes comprobaran que en algunos laboratorios clandestinos había ejemplares del libro. Los Shulgin están seguros de que los motivos fueron políticos, ya que, después de difundir por escrito sus conocimientos químicos, las autoridades pensaron que debían hacer algo para dificultar esa labor.

 

El asalto de la DEA a la casa de los Shulgin

«Durante más de veinte años, Shura tuvo una licencia de análisis de la DEA que le permitía poseer, identificar y analizar drogas de las cinco categorías legales. Tenía que pasar inspecciones ocasionales (cada cierto número de años) en su laboratorio, realizadas por agentes expertos en detectar indicios de actividad ilegal. En los quince años que le conozco le han hecho dos inspecciones, y ninguna ha generado reclamaciones ni sugerencias sobre la obligación de realizar cambios, así como ningún problema para renovar su licencia cada año.

Shura cometió un error. Supuso que, puesto que su licencia tenía que renovarse cada año, la DEA le notificaría en caso de que hubiera nuevas normas que tener en cuenta. Como supimos más tarde, la DEA espera que el poseedor de cualquier laboratorio con licencia les pregunte sobre la aprobación de modificaciones. Hubo otra razón para la falta de curiosidad de Shura sobre posibles nuevas normas relativas a su licencia. Durante treinta años, uno de sus mejores y más queridos amigos fue el administrador de los laboratorios de la DEA en el oeste, Paul Freye [Bob Sager]. Paul invitó a Shura varias veces para hablar sobre drogas psiquedélicas a los químicos del laboratorio de la DEA en San Francisco. En su estudio había una fotografía en la que estrechaba la mano de Paul mientras sostenía una placa que celebraba sus “significativos esfuerzos personales por ayudar a eliminar el abuso de drogas”, con fecha de 1973. Cerca había otra condecoración, concedida casi una década después. Eran agradecimientos por su integridad como científico, y por su empeño en difundir información sobre drogas psiquedélicas, su estructura química y sus efectos a cualquier interesado, incluido el gobierno. Paul ofició, como ministro de la Iglesia de la Vida Universal, en nuestra boda, celebrada en el jardín que hay detrás de nuestra casa. Un año después, cuando se casó con una agente de la DEA llamada Elena, la ceremonia tuvo lugar en el mismo sitio. En ambas ocasiones nuestra casa estuvo llena de químicos y agentes de la DEA.

Unos dos años después de jubilarse Paul, se publicó nuestro libro PIHKAL. La primera parte de la obra narraba nuestra biografía. Fue la segunda parte del libro la que causó revuelo en ciertos sectores. Incluía 179 recetas, procedimientos para elaborar drogas psiquedélicas. Fue escrita al estilo del respetado Journal of Medicinal Chemistry para que la entendieran los químicos profesionales. Sabíamos que había algunos hombres poderosos en Washington, en las oficinas centrales de la DEA, con sentimientos hostiles hacia Shura. Dos años después de publicarse PIHKAL, un martes de finales de septiembre de 1994, un coche rojo subió por la carretera que conduce hacia nuestra casa y aparcó delante de nuestra vieja granja. Salieron tres hombres que se presentaron como agentes de la DEA. Los agentes traían una orden. Esto era un tanto amenazador; ninguna inspección anterior se había hecho con una orden. ¿Por qué iban a necesitar tal cosa?

La inspección se realizó en términos amables, pero el jefe del grupo aseguró que había detectado algunas violaciones de las normas. Shura preguntó a qué normas se refería. Se suponía que debía haber una caja fuerte en el laboratorio, donde debían estar guardadas las drogas controladas para que estuvieran seguras; debería haber un sistema mediante el cual la oficina de policía fuera alertada mediante alarma si alguna persona no autorizada intentara acceder al contenido de la caja fuerte. Además, Shura había ido recibiendo, a lo largo de los años, muestras de drogas enviadas por personas anónimas, para que analizara su composición. El jefe de los agentes aseguró que ese tipo de actividad requería otra licencia distinta. Shura se mostró colaborador y preguntó dónde podía conseguir una copia del libro con la nueva normativa y por qué nadie le había informado sobre ellas. El jefe se limitó a decir que le enviarían una copia en cuanto volvieran a la oficina».

La inspección fue relativamente amable, cierto, pero un mes después recibieron una nueva visita, en esta ocasión con treinta agentes y ocho vehículos. Después de mucho buscar e interrogar, lo único que pudieron llevarse fueron los peyotes que Sasha cultivaba desde hacía años y a los que tenía mucho cariño. El día siguiente le dijeron que las autoridades querían que devolviera su licencia para manipular drogas. También le impusieron una multa de 25.000 dólares.

«Shura nunca volverá a trabajar sintiéndose totalmente libre; ha sufrido la forma peculiar de poder ejercida por las personas que trabajan para los organismos gubernamentales. Las autoridades querían asustarle y tal vez silenciarle, pero eso no es ni será posible, mientras estemos vivos y podamos hablar y escribir. Creíamos, y aún creemos, que el consumo de drogas es un derecho del ciudadano adulto libre, siempre que haya información sobre el uso adecuado y seguro de cada droga. Creemos que el abuso de drogas debería ser un problema propio de los médicos, no de la policía. La educación y el acceso legal eliminarían, de manera casi inmediata, los cárteles de la droga, las batallas callejeras y los asesinatos asociados con el circuito droga-dinero-poder. Pero la educación tendría que ser sólo eso: educación, no propaganda».

 

La vida sigue

A pesar del duro golpe, los Shulgin continuaron desarrollando sustancias psicoactivas, con mucho cuidado de no infringir las leyes, y en 1997 publicaron TIHKAL (“Tryptamines I Have Known And Loved”: “Triptaminas que he conocido y amado”), también con una parte biográfica y otra química. Ésta incluye 55 triptaminas, con descripción de su estructura, síntesis y dosis, igual que el libro anterior. Una vez retirado de todo trabajo activo remunerado, los ingresos de los Shulgin han procedido de una pequeña pensión de jubilación de Sasha y del dinero que dos compañías telefónicas le pagan por tener torres de comunicaciones en su terreno.

En cuanto a su actividad literaria, en el año 2002 publicó, junto con Wendy Perry, The Simple Plant Isoquinoline, sobre las plantas que contienen isoquinolinas, y en 2011, en colaboración con Tannia Manning y Paul Daley, The Shulgin Index, un extenso catálogo técnico sobre fenetilaminas.

En el año 2008, Sasha tuvo que operarse una válvula cardíaca defectuosa. A finales de 2010 sufrió un derrame cerebral. Además, debió someterse a una operación para evitar que se le amputara un pie como consecuencia de una úlcera. Todos estos problemas de salud han repercutido negativamente en la situación económica del matrimonio, por lo que se ha abierto una cuenta en la que todo el mundo puede hacer una aportación (http://www.erowid.org/donations/project_shulgin.php y http://www.facebook.com/helpsashashulgin). ¡Larga vida a Alexander Shulgin, el último alquimista!

 

 

  

VI

Después de haber ofrecido la biografía de Shulgin, incluimos dos interesantes textos suyos pertenecientes a Tihkal, inéditos en español. El primero de ellos no es sólo una explicación de las motivaciones de su labor como bioquímico dedicado a la síntesis de drogas, sino también una acertada descripción de nuestra sociedad actual.

 

¿Por qué hago lo que hago?

¿Por qué en los últimos veinticinco años no he dejado de investigar el desarrollo, la preparación y la evaluación de nuevas y diferentes drogas psicotrópicas, algunas de ellas alucinógenas, otras psiquedélicas, otras disociativas, y otras simplemente embriagantes? La respuesta más frívola está al alcance de la mano: lo he hecho porque es lo que había que hacer. Es igual que si a la pregunta “¿Por qué escalas el Monte Everest?” contestamos “Porque está ahí”.  Sin embargo, esa no es la razón por la que yo investigo.

 Siempre que me hacen esta pregunta durante un seminario o presentación académica, me gusta mencionar el término “psicotomiméticos”, una palabra que utiliza la comunidad científica para referirse a las drogas psiquedélicas.  En su origen, es una mezcla del prefijo “psicoto”, relacionada con “psicosis”, y de “mimesis”, que significa “imitar”.  Así, el término describe una de las primeras propiedades asignadas a este tipo de sustancias: pueden, en cierta medida, imitar los síntomas de la enfermedad mental y, por ello, servir como herramienta de exploración en el estudio de algunas formas de psicosis y trastornos sensoriales.

Para justificar por qué hago lo que hago, esta explicación es sistemática y segura. Es sistemática porque casi todas las drogas psiquedélicas conocidas —actualmente cerca de doscientas— se pueden clasificar, según su estructura, en dos grupos: el de las fenetilaminas y el de las triptaminas.  Los dos principales neurotransmisores del cerebro son precisamente una fenetilamina (la dopamina) y una triptamina (la serotonina). Con ello los neurocientíficos cuentan con un incentivo para investigar los neurotransmisores utilizando drogas psiquedélicas, ya que están relacionados químicamente. La explicación es también segura porque resulta inofensiva y fácilmente aceptable por la comunidad académica y por los que deciden quién recibe subvenciones del gobierno.

Sin embargo, esto no es verdad. Mi trabajo en realidad ha consistido en dedicarme al desarrollo de herramientas, pero unas herramientas con un objetivo muy distinto. Durante los primeros siglos del segundo milenio tuvieron lugar algunas de las guerras más terriblemente inhumanas conocidas por la humanidad, todas ellas en nombre de la religión. Los horrores de la Inquisición, con su intolerancia hacia los disidentes (llamados herejes), están bien documentados. Y sin embargo, fue durante esos oscuros años cuando se estableció la institución de la alquimia, con el objetivo de adquirir conocimientos mediante el estudio de la materia. El objetivo que suele citarse, la conversión del plomo en oro, no era lo que en realidad se pretendía. El valor de la búsqueda consistía en hacer y re-hacer —y de nuevo volver a hacer— ciertos procesos de destilación y sublimación, junto a una comprensión más exacta de estos procesos que pudiera dar lugar a una síntesis, a una unión entre los mundos físico y espiritual.

En los últimos cien años, este proceso de aprendizaje se ha convertido en lo que ahora llamamos “ciencia”.  Sin embargo, en esta evolución se ha producido un cambio gradual desde el proceso en sí mismo a los resultados del proceso. En la actual era de la ciencia es sólo el resultado final, el “oro”, lo que realmente importa. Ya no es la búsqueda en sí misma o el proceso de aprendizaje, sino el logro material, lo que permite a alguien el reconocimiento de sus iguales y con ello el del resto del mundo, además de las riquezas, influencias y poder que acompañan a ese reconocimiento.

Pero estos logros, estos resultados finales, todos ellos muestran la misma estructura yin-yang (el bien y el mal), en la que cada extremo contiene un poco del otro. Así ha sido nuestra historia durante los siglos pasados. Se nos ha enseñado a decir que los frutos de la ciencia no tienen nada que ver con la ética, y que no hay bien ni mal intrínsecos en el mundo objetivo de la investigación científica académica. Y también, por supuesto, que no tiene sentido la idea de mantener algún tipo de equilibrio. En relación con esto, me gustaría ilustrar algunas coincidencias cronológicas que pueden parecer increíbles.

Por ejemplo, en 1895 Wilhelm von Roentgen observó que, cuando se aplicaba electricidad a un tubo vacío que contenía ciertos gases, un plato cercano cubierto con cierta película inorgánica emitía una luz visible. Y el año siguiente, en 1896, Antoine Henri Becquerel descubrió que estas mismas emanaciones, que traspasaban los metales y generaban zonas de luz y color en una placa cubierta con cianuro de platino, se debían al uranio. Se había descubierto la radiactividad.

Poco tiempo después, en Leipzig, Alemania, a las 11:45 del 23 de noviembre de 1897, Arthur Heffter consumió un alcaloide que se había conseguido aislar de una especie de cacto traído al mundo occidental por el memorable farmacólogo Louis Lewin. Se acababa de descubrir la mescalina

Durante los años 1920 y 1930, los dos ámbitos, el de las ciencias físicas y el de los psicofármacos, continuaron desarrollándose sin que aún existiera la dualidad consistente en “lo mío es bueno y lo tuyo es malo” que estaba a punto de llegar. En el transcurso de la II Guerra Mundial hubo una coincidencia casual que, vista en retrospectiva, constituyó el inicio de la división de la ciencia en dos caminos divergentes. A finales de 1942, Enrico Fermi y otros científicos de la Universidad de Chicago demostraron, por primera vez, que la fisión nuclear se podría lograr y controlar por el hombre. La era del poder humano sin límites había comenzado. Al año siguiente, el 16 de abril, el doctor Albert Hofmann, en el Laboratorio de Investigación Sandoz, en Suiza, absorbió de alguna manera una cantidad desconocida de una sustancia química que había sintetizado unos cinco años antes, y que acababa de resintetizar. Sufrió una perturbadora sensación de inquietud y un mareo que duró un par de horas. Tres días más tarde, a las 16:20 del 19 de abril, tomó una dosis de 250 microgramos y posteriormente informó sobre la experiencia. Acababa de descubrirse la LSD.

En los años siguientes, la energía nuclear, con su potencial ilimitado, fue el símbolo de la esperanza de la humanidad. En cambio, las sustancias alucinógenas se clasificaron como psicotomiméticos (“que imitan las psicosis”), y por tanto negativos en general.  Hubo que esperar a la década de los sesenta para que tuviera lugar un extraño y fascinante cambio de roles. La fisión nuclear fue tomando un cariz negativo a los ojos del público, a medida que se iba incrementando el grupo de países con capacidad para acabar con la vida sobre la Tierra. Pero apareció también un aumento en el interés por la espiritualidad humana y por el deseo de comprender su psique. Las que antes se habían considerado herramientas para el estudio de las psicosis (en el mejor de los casos) o formas de autogratificación evasora (en el peor) —las drogas psiquedélicas—, ahora se veían como herramientas para la iluminación y la transformación espiritual.

En las últimas décadas, los avances en física, química, biología, electrónica, matemáticas y difusión de la información se han producido a una velocidad nunca antes vista en la historia humana. Esta explosión de conocimiento sobre la naturaleza del mundo físico no ha tenido su contrapartida necesaria en una mayor comprensión de la psique humana. Se ha descubierto mucho sobre el cerebro, pero no sobre la mente. No ha habido ningún avance en nuestra comprensión de los arquetipos inconscientes, de las emociones y las energías que determinan el modo en que utilizamos los nuevos conocimientos científicos. Dado que casi todos los descubrimientos sobre el mundo físico pueden utilizarse con fines benéficos o letales, es esencial desarrollar procedimientos para explorar y comprender las fuerzas inconscientes internas que influyen en la toma de decisiones.

Las drogas psiquedélicas no son la única clave para entender la parte inconsciente de nuestra mente; no todas las personas pueden utilizarlas para el aprendizaje y el crecimiento personal.  No hay ni un solo fármaco que beneficie a todos los psiconautas por igual. Todas las drogas abren una puerta en el interior del usuario, y las diversas drogas abren distintas puertas, lo que significa que cada psiconauta debe recorrer su propio camino por cada nuevo espacio interior que descubre.

Dejando a un lado todas las advertencias anteriores, estas herramientas —las drogas y las plantas psiquedélicas— ofrecen un procedimiento mucho más rápido que la mayoría de las alternativas clásicas para lograr los objetivos que deseamos: la comprensión de nuestro funcionamiento interno y una mayor claridad sobre la responsabilidad respecto de nuestra especie y de todas las demás con las que compartimos este planeta. Es en la elaboración de estas herramientas esenciales donde creo que residen mis habilidades, y esa es exactamente la razón por la que hago lo que hago.

Al igual que en el pasado, las personas que nos lideran funcionan guiadas por el arquetipo del poder, ese aspecto de la psique humana que está en la base de la estructura, el control y la producción de normas y sistemas. El poder moldea nuestro mundo, y sin él la humanidad habría perecido hace mucho tiempo. Cuando se mantiene en equilibrio con las otras energías básicas complementarias, va dando forma a la humanidad y construye civilizaciones. Pero cuando se altera este precario equilibrio y aflora demasiada energía de este arquetipo, la estructura se convierte en represión, el control se convierte en dictadura, la enseñanza degenera en advertencias y amenazas, la visión y la intuición crean dogmas, y la precaución llega a la paranoia. Se pierde la comunicación con la reconfortante energía interior y con su habilidad para tomar sabias decisiones.

Los sacerdotes, los reyes, los emperadores, los presidentes y todos aquellos que se encuentran cómodos y seguros en las estructuras mantenidas por el poder, tienden a sentirse molestos y enfadados ante las personas que insisten en explorar nuevos caminos, haciendo caso omiso de lo que marcan los líderes. Para quienes tienen algún tipo de autoridad, siempre existe la amenaza inconsciente del caos, de la ruptura con los conocido, familiar y seguro. La respuesta a esta amenaza puede tomar muchas formas, desde matar al ofensor (la quema de brujas) hasta amenazarle para que se guarde sus conocimientos y opiniones para sí mismo (como ocurrió con Galileo).

Así ha transcurrido la historia humana, un equilibrio entre la necesidad de control y la necesidad de cambio y crecimiento. Y esta es la forma en que debió haber continuado siempre, pero el boom tecnológico que se ha producido desde mediados del siglo XX ha puesto en manos de la humanidad un conjunto de conocimientos que ha modificado la situación. No obstante, igual que las armas nucleares y químicas han escapado a nuestro control y parece que nunca volverán a estar bajo él, de igual modos las sustancias psiquedélicas se quedarán con nosotros para siempre.

Pertenecer al género humano implica tener una mente que elige —consciente o inconscientemente— lo que hará y en qué se convertirá. Por mi parte, prefiero tener la mayor cantidad de información posible, para tomar mis decisiones con fundamento. Mi labor consiste en descubrir nuevas claves para la comprensión de la mente humana, y en dar la máxima difusión a los conocimientos que yo he obtenido. 

 

Shulgin con tres amigos españoles

(Foto de Xavier Vidal, segundo por la izquierda)

 

 

VII

Para finalizar esta serie dedicada a Shulgin, ofrecemos el capítulo que dedica a España en su Tihkal.

 

La Ruta del Bakalao

En alguna ocasión se ha intentado rememorar —o incluso revivir— lo que fue la famosa Ruta del Bakalao de finales de los ochenta y principios de los noventa, esa movida que tuvo lugar en Valencia, que consistía —a partes iguales— en música machacona y ciertas drogas de moda, y a la que acudían los fines de semana jóvenes de todos los rincones de España. Quienes por aquel entonces estábamos en nuestros veintitantos recordamos la canción “Así me gusta a mí” (1991) de Chimo Bayo (el conocido “exta-sí, exta-no, exta me gusta, me la como yo” que tanto sonaba en las emisoras de radio) y los alarmistas reportajes que se emitían en televisión. Como suele suceder, fue creciendo el control policial, las detenciones y el cierre de salas, todo lo cual, junto a algunos lamentables accidentes por parte de jóvenes alocados (siempre los hay, para qué vamos a negarlo) acabó con este fenómeno que los más conservadores consideraban obra del diablo.

La principal droga de la Ruta del Bakalao comenzó siendo la denominada “mescalina valenciana”, cuyo contenido exacto se desconoce (probablemente MDA con anfetaminas) y que seguramente variaba dependiendo del proveedor. Un tiempo después fue el speed lo que más abundaba en las discotecas, pero pronto el protagonismo pasó a la MDMA, que entonces llegaba a España procedente de Holanda.

Lo que probablemente no sepan los lectores —ni siquiera los cuarentones, cincuentones, etc.— es que nuestro querido Sasha Shulgin visitó nuestro país por aquella época en diversas ocasiones. En el año 1993 vino para participar en los Cursos de Verano de El Escorial —invitado por Antonio Escohotado—, junto a Jonathan Ott y Albert Hofmann, y el año siguiente acudió como testigo pericial a un juicio y como invitado en un congreso científico-psiconáutico.

 

Shulgin, testigo en un juicio por drogas

A comienzos del año 1994, Shulgin vino a España para hacer de testigo en un juicio a un grupo de acusados de traficar con pastillas de MDMA que tuvo lugar en la Audiencia Nacional. Así decía la edición del diario El País del 23 de enero de 1994:

«La Audiencia Nacional, en una sentencia conocida ayer, señala que el éxtasis es una droga que no causa grave daño a la salud y la diferencia de la píldora del amor, a la que erróneamente se ha llamado por el mismo nombre. Por ello ha rebajado en un grado la pena a imponer a dos traficantes de la citada sustancia, A. A. C. R. A. y J. M. N., y les ha condenado a penas de 5 años y multa de 52 millones de pesetas cada uno. La decisión de la Audiencia se ha basado en la prueba pericial practicada durante el juicio en la que un grupo de peritos encabezados por Alexander T. Shulgin, profesor en la Universidad americana de Berkeley, y José María Poveda, profesor de psiquiatría de la Autónoma de Madrid, diferenciaron ambas drogas.

Los peritos explicaron que los efectos del MDMA son distintos, y en gran medida opuestos, a los de las anfetaminas, y menos fuertes que los del MDA. Respecto a esos efectos la sentencia recoge: “No son claramente alucinógenos, consisten en provocar anormales sentimientos perceptivos de aumento de la agudeza visual, acústica y tactil, sentimientos emocionales artificialmente placenteros y sentimientos sociales de mayor empatía; no se origina conocidamente dependencia física ni psíquica; la vida de los efectos es muy corta, entre dos y tres horas; no se conoce que produzca deterioro orgánico permanente ni psicopatologías valorables”».

 

Shulgin, en un congreso psiconáutico español

Los primeros días de octubre de 1994, Shulgin participó en el Congreso Internacional para el Estudio de Estados Modificados de Conciencia, que se celebró en Lérida, organizado por el antropólogo e investigador Josep Mª Fericgla.

Xavier Vidal, director de la revista Ulises (http://www.ulises.in/) y miembro de la editorial La Liebre de Marzo (http://www.liebremarzo.com/), acompañó a los Shulgin en su estancia en Cataluña y tomó fotografías que nos ha cedido amablemente para este artículo. Xavi describió en un artículo el carácter campechano del matrimonio Shulgin y el ataque de risa infantil que Sasha sufrió al ver el Citroen Dos Caballos de uno de los acompañantes, decorado a la moda hippie, porque daba la casualidad de que era el primer coche que había tenido en su juventud. También esta visita a nuestro país suscitó titulares en diarios de gran tirada. Por ejemplo, decía El País, en su edición del 6 de octubre de 1994:

«El encuentro congrega en el Institut d’Estudis Ilerdencs (IEI) a 150 especialistas de todo el mundo en drogas, sus efectos y su presencia en las diferentes culturas (…) Ya ha provocado problemas importantes. El martes, el PSC pidió que se suspendiera la reunión al no tener en cuenta los debates a las víctimas de la droga (…) En la sociedad actual, las drogas juegan el mismo papel que hace 10.000 años, y si dentro de otros 10.000 años todavía seguimos aquí, seguirán ejerciendo la misma función. Las drogas constituyen una manera de estar entretenido, de estudiarse a sí mismo, un medio de descubrimiento espiritual».

 

La Ruta del Bakalao, según Shulgin

Y pasamos por fin al testimonio del propio Shulgin, con la descripción que en su libro Tihkal hace de sus visitas a España:

Sobre la participación en los Cursos de Verano de El Escorial (1993)

«Recibí una invitación provisional de un encantador filósofo, experto en drogas y escritor llamado Antonio Escohotado, para dar clase en los Cursos de Verano de El Escorial, cerca de Madrid, en 1993 (…) Pero eso no fue todo. Recibí una carta de un bufete de abogados español preguntándome mi opinión, por escrito, sobre el grado de daño que puede conllevar el consumo de MDMA. Bueno, este tipo de preguntas es bastante común, así que contesté con una carta en la que afirmaba que la MDMA es una de las drogas más seguras que conozco (…)

Unas semanas después llegó una invitación formal que me enviaba Antonio. La conferencia tendría lugar el próximo verano en la ciudad de El Escorial, e iba a tratar sobre el tema de la desobediencia civil, la contracultura y la farmacología utópica (…) Yo no esperaba que el gobierno destinara fondos a cursos educativos que incluían temas como éstos. Antonio figuraba como organizador. También estarían Jonathan Ott, Thomas Szasz y Albert Hofmann. La estructura de estos cursos de verano es notable, y podría servir a otras comunidades como un modelo para el uso de los fondos destinados a la educación (…) Al volver, decidí que lo lógico sería comenzar a estudiar seriamente el idioma para mi próximo viaje a Barcelona, en caso de que realmente se produjera en 1994. En ese momento descubrí que el idioma que se habla en Barcelona (y a lo largo de la Costa Brava, desde los Pirineos hasta Valencia, y en las Islas Baleares) es el catalán (…) Así que comencé a tomar clases de catalán, idioma que me pareció muy bello (…)

Sobre su papel como testigo en un juicio por venta de drogas

Recibí un fax del bufete de abogados de Madrid comunicándome que querían que acudiera a esa ciudad durante un día o dos para prestar testimonio en un caso relacionado con la MDMA (…) De nuevo viajaba a España (…) En mis conversaciones con los abogados del caso de la MDMA, me informaron sobre el fenómeno de las raves españolas. Comienzan los viernes por la tarde, en Madrid, y se dirigen a la ciudad costera más cercana, que es Valencia, situada al este. Los grupos se detienen en bares y sitios de baile a lo largo del camino, para consumir pastillas y comprar agua a cinco dólares la botella. La fiesta puede no llegar hasta Valencia, sino volver a Madrid el domingo por la noche o incluso el lunes por la mañana (…) La prensa presentaba la situación de una forma completamente negativa, diciendo que la MDMA está corrompiendo a la juventud.

En realidad, no se había determinado qué drogas estaban implicadas. Me informaron de que había mucho speed, y seguramente alcohol y cannabis. Pero la palabra más llamativa y que vende más titulares es “éxtasis”, y a esta sustancia se le echaba la culpa de los problemas. Y allí fui yo, para defender ante tres magistrados (que seguramente leen periódicos) que la MDMA no es una droga “muy peligrosa” desde el punto de vista sanitario. Los acusados se enfrentarían a penas de unos diez años de prisión por las pastillas que vendieron si éstas contenían una droga oficialmente considerada “muy peligrosa” (como la cocaína, la heroína o la LSD), y unos tres años si la droga no se consideraba “muy peligrosa” (como la marihuana y el hachís). Con toda la publicidad negativa sobre la MDMA y la Ruta del Bakalao, era un momento poco propicio para la celebración este juicio (…)

A la pregunta “¿produce la adicción a la cocaína daños permanentes?”, contesté honestamente que, excepto la posible erosión de la mucosa nasal, había pocas consecuencias a largo plazo (…) Durante la fase de adicción a la cocaína o la heroína, hay un gran deterioro de los patrones de conducta que viene dictado por la búsqueda compulsiva de una fuente continua de droga. Nada de esto puede verse en el caso de la MDMA, ya que no existe adicción (…) Se me preguntó si la MDMA debería estar en la categoría de drogas controladas más peligrosas. Mi respuesta fue que por supuesto que no. Se me preguntó si la MDMA tenía algún valor intrínseco. Contesté que sí, que estaba bien demostrado, y que hay pruebas clínicas realizadas en varios países. A la pregunta de si es letal, contesté que unos cinco millones de personas han consumido MDMA en Inglaterra y sólo se ha informado de cinco muertes. Por eso concluía que la MDMA es una de las drogas más seguras entre todas las conocidas (…)

Pero lo mejor llegaría al final. El fiscal volvió a la carga con un recurso que obviamente se había estado reservando. Anunció que acababa de recibir la publicación más reciente y actualizada sobre la MDMA, procedente del Ministerio de Sanidad español y proporcionada por la UNESCO. Me preguntó si yo la conocía. Dio unos cuantos papeles al alguacil para que se los entregara al traductor. Éste los miró y comenzó a traducir al español la primera línea: “MDMA, metilin-dioxi-metanfetamina…”. “No”, dijo el fiscal, “traduzca el título de la publicación”. “Pihkal”, dijo el traductor. “¿Conoce usted este material de referencia?”, me preguntó el fiscal. “Sí, lo hemos escrito mi mujer y yo”, contesté. “¿Usted es el autor?”, preguntó. “Sí”, contesté.

Vi una fugaz sonrisa en la cara del juez, y en menos de veinte minutos ya me encontraba, junto con todos los testigos y abogados (al menos los de nuestro bando), cruzando la calle, desde el edificio del juzgado, hasta un lugar de tapas llamado “Río Frío”, para disfrutar de un vaso de vino tinto. Seis meses después recibí una llamada de un amigo de Madrid que me informó, con evidente placer, que mi cara había salido en todos los periódicos y en televisión porque la MDMA había sido oficialmente clasificada como una droga sólo ligeramente peligrosa. Habíamos ganado».

 

Sasha Shulgin con Gaspar Fraga
(Foto de Xavier Vidal)

 

 Proyecto de traducción de PIHKAL y TIHKAL al español (Web - En Facebook) - PIHKAL en español - TIHKAL en español

 

Bibliografía y referencias utilizadas:

Obras de Alexander Shulgin:

- Shulgin, Alexander, “What is MDMA?”, Summer meeting of the California Association of Toxicologists, Sacramento, California, 3 agosto 1985.

- Shulgin, A & Nichols, David, “Characterization of three new psychotomimetics”. En: Stillman, R.C. & Willette, R.E. (eds.), The Pharmacology of Hallucinogens. New York: Pergamon, 1978.

- Shulgin, Alexander & Ann, PIHKAL y TIHKAL, Transform Press.

Otras obras:

-    Antón, Jacinto, “Alexander Shulgin, investigador del éxtasis”, El País, 6 octubre 1994.

-   Benneth, Drake, “Dr. Ecstasy”, The New York Times.

-   Boal, Mark, “The agony & ecstasy of Alexander Shulgin”, Playboy, marzo 2004.

-   Bouso, José Carlos, Qué son las drogas de síntesis, RBA, 2000.

-   Brown, Ethan, “Professor X”, Wired, septiembre 2002.

-   Caudevilla, Fernando, Éxtasis (MDMA), Ediciones Amargord, 2005.

- Freudenmann, Roland W y otros, “The origin of MDMA (ecstasy) revisited: the true story reconstructed from the original documents”, Addiction 101, 1241–1245.

- Halem, Dann, “Altered statesman”, Time Out, marzo 2002.

- Holland, Julie (editor), Ecstasy: The complet guide, Park Street Press, 2001.

- Morris, Hamilton, “The last interview with Alexander Shulgin” (http://www.vice.com/read/the-last-interview-with-alexander-shulgin-423-v17n5)

- Ricaurte, G. & colaboradores, “Severe Dopaminergic Neurotoxicity in Primates After a Common Recreational Dose Regimen of MDMA (Ecstasy)”, Science 27, sept. 2002. 2260-2263. Sobre los errores metodológicos de Ricaurte: http://www.erowid.org/chemicals/mdma/references/journal/2002_ricaurte_science_1/2002_ricaurte_science_1_review.shtml. El escrito en que Ricaurte se retractó de lo afirmado en su primer artículo: http://maps.org/media/science9.12.03.pdf.

- Vidal, Xavier, “Recordando la visita de los Shulgin a Barcelona”, Revista Ulises (http://revistaulises.wordpress.com/2011/03/10/recordando-la-visita-de-los-shulgin-a-barcelona-xavier-vidal/). Recomendamos su lectura para conocer más anécdotas sobre una de las visitas de Shulgin a España.

- Williams, Luke, “Human Psychedelic Research. A Historical and Sociological Analysis”. Tesina de grado. Universidad de Cambridge, abril de 1999.

-  Yoldi, José, “El 'éxtasis' no causa grave daño a la salud, según la Audiencia Nacional”, El País, 23 enero 1994.

 

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